Sujeto contemporáneo y prevención en salud mental

Del discurso sobre el bienestar bio-psico-social de las poblaciones derivan los proyectos de promoción de la salud y las políticas preventivas integrales. Este discurso del bienestar surge en un momento preciso de la historia (último tercio del siglo XX) y se convierte en objetivo de los distintos estados occidentales, con políticas dirigidas a la población en general que apuntan a detectar las necesidades de los distintos grupos humanos, para llevar a cabo las acciones adecuadas con el fin de cubrir esas necesidades. Se plantean así, responder de forma general a las necesidades que se consideran básicas para los ciudadanos de las sociedades democráticas, en las que sus integrantes gozan de derechos pero en las que también están sujetos a una serie de obligaciones que los hace iguales ante la ley, y aunque esta es una condición necesaria para el bienestar de las personas, no es suficiente para resolver la pregunta que siempre se hizo el ser humano sobre cómo encontrar la felicidad.

En la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad es primordial que estas necesidades sean experimentadas como necesidades “sentidas” por esa población concreta, porque sólo así las intervenciones y recursos van a estar referidos a demandas reales y no demandas creadas artificialmente por el observador, si sólo tiene en cuenta las necesidades objetivadas o definidas previamente sin un intercambio con los sujetos sobre los que va a incidir la acción específica e iría en detrimento de la optimización y eficacia de la intervención y por tanto de los recursos. En la salud mental, la cuestión se complica porque en el sujeto humano la lógica del bienestar no responde a la ecuación que sí funciona en el animal, que es que a una necesidad corresponde el objeto para cubrir esa necesidad y de esta forma restablecer el equilibrio anterior.

En el ser humano nos encontramos con la cuestión paradójica de su satisfacción, que va mas allá de la necesidad y es particular a cada sujeto. El modo de satisfacción es construido a lo largo de la vida, mediante la interrelación con el entorno social en el que habita, puesto que viene a un mundo de lenguaje que le preexiste, ya antes de nacer se habla de él y es a través del lenguaje que le son transmitidas las aspiraciones, prohibiciones, exigencias, frustraciones, ideales, etc, de los sujetos que van a ocupar las funciones de padre y madre. Así mismo, ese ser humano al llegar al mundo tendrá que tomar la palabra para hacerse un lugar como sujeto, aceptando o rechazando eso que se le propone, pero en todo caso no es indiferente a eso que le viene de los otros, y así su realidad psíquica estará formada por la articulación entre lo que le viene de fuera como demandas y deseos y su propia palabra, que vehiculizará su deseo particular. Este sujeto, así concebido, tiene un cuerpo entendido no solo como un organismo vivo, sino que es un cuerpo sensible a la satisfacción (con sensaciones de bienestar y de malestar), y a lo largo de la vida se producirán elecciones de modos de satisfacción que van a ir fijándose en él, repitiéndose y no siempre serán generadoras de bienestar sino que también le producirán malestar y esta será una de las paradojas que hacen la insatisfacción en el ser humano. Tales elecciones se inician en la infancia, ya que es en la relación entre el niño y su madre (o quien ocupe esta función o lugar), donde el cuerpo se va a ir marcando como sede de satisfacción (placer, displacer), introduciendo en virtud de la educación lo prohibido, lo permitido y lo obligatorio. Así se establecen modos privilegiados de satisfacción para cada sujeto que determinarán sus maneras de entender la realidad.

La salud mental es un concepto que apunta a conseguir un equilibrio entre las tres vertientes del ser humano, lo que denominamos su bienestar bio-psico-social, pero tanto en la clínica del caso por caso como en la clínica de lo social constatamos lo desarrollado anteriormente, que hay elecciones que van en contra del bienestar del propio sistema (psíquico o social), y verifica lo que Freud subraya en “El malestar en la cultura”: que para que el sujeto se incluya en lo social es necesario que renuncie a su satisfacción individual inmediata, ya que ésta atenta contra el equilibrio de lo colectivo. Este funcionamiento programa que lo que no entra dentro de las prohibiciones que el discurso social impone, quede excluido. Por eso la propia civilización tiene que introducir mecanismos reguladores que vayan en el sentido de compensar el hecho de que el ser humano tiene que renunciar a sus intereses y satisfacciones inmediatas, estos mecanismos son los modelos que se proponen para que el sujeto se identifique con ellos y cuando estos decaen, por los malos encuentros que la propia vida conlleva, se recurre a conjuntos de normas que vienen a apuntalar las identificaciones bajo las que los sujetos se resguardan y se hacen representar y reconocer.

Vemos que este funcionamiento sobrepasa a la persona y no depende de su voluntad, es el propio funcionamiento social el que lo introduce, permitiendo de esta forma el vínculo social, por el que queda establecido lo que está regulado y por tanto sujeto a la ley, traducido en reglas y normas sociales y será lo aceptado socialmente, por tanto fuente de placer y tenderá al equilibrio del sistema social, aunque también hay una parte que queda como resto de la operación y será todo lo que atente contra el equilibrio del sistema y fuente de insatisfacción.

En el mundo contemporáneo asistimos a un tipo de discurso que hace estallar este vínculo social de los humanos. Se trata del sistema capitalista, que no se plantea la cuestión del sujeto ni, por tanto, lo particular de su satisfacción, sino que su motor es el consumo que empuja a la satisfacción inmediata de los sujetos para que se inicie de nuevo el circulo del consumo. Esto es posible por la multiplicidad de objetos de consumo, que se ofrecen como señuelos de una supuesta satisfacción necesaria, pero esta lógica produce insatisfacción y, por tanto, empuje al consumo, reanudando así de nuevo el ciclo del consumo. Se produce así una uniformidad en los modos de satisfacción ya que se proponen estos objetos (gadgets) como comunes a toda la población, dando lugar a nuevos fenómenos sociales: el aislamiento de los sujetos con su objeto de satisfacción, originando distintos tipos de dependencia (juego, toxicomanía, Internet, etc) y empuja así mismo a la exclusión de los que no comparten el mismo modo de satisfacción (distintos tipos de violencia hacia lo diferente), emulación de grandes hazañas para afirmar la particularidad y salir de la homogeneización, etc. Este funcionamiento social que ha introducido el sistema capitalista añade una nueva dificultad tanto al tratamiento en salud mental como a la prevención de la misma.

Teniendo en cuenta estas variables ¿es posible introducir una regulación en este sistema, que por su propio funcionamiento atenta contra su equilibrio? Un acercamiento a una respuesta sería la creación de espacios colectivos donde la palabra particular de los sujetos no quede cercenada o taponada por ningún objeto que obedezca a esta lógica del consumo y el sujeto pueda desplegar sus diferencias y localizar aquellos aspectos de sus situaciones personales, con el entorno y con el propio cuerpo, que son generadoras de malestar y de sufrimiento y que al estar fijadas y repetirse en la vida producen patología mental.

Un obstáculo a esta posibilidad de apertura a lo individual del deseo es el uso del saber como objeto de consumo, ya que el saber por el propio funcionamiento del sistema capitalista también se consume (tiene un valor y, por tanto, un precio en el mercado), como cualquier “gadgets”. Si se ofrece el saber como un objeto a consumir, ajeno a la verdad del sujeto, el sujeto quedará alienado a los valores y los modos de satisfacción que el discurso social y económico transmite, sin pasarlo por el filtro de su propia particularidad, que es lo que puede conectar el deseo y su satisfacción. Lo podemos observar con dos ejemplos: el fracaso escolar y la fibromialgia. El fracaso escolar como fenómeno que cuestiona el sistema educativo y la propia posición del enseñante tiene relación con la necesidad de un pensamiento propio para cada sujeto y su posición frente al saber que se le transmite. Los conocimientos que se imparten mediante los programas educativos se ofrecen como objetos de consumo del alumno, donde lo importante es engullir la materia de un curso para pasar a otro, sin que la subjetividad esté implicada. En la fibromialgia nos encontramos con un fenómeno que tiene relación con el cuerpo, en donde se verifica que el saber médico se declara impotente para desvelar de lo que se trata en las paradojas de la satisfacción en el cuerpo.

Si el discurso capitalista cierra la cuestión de lo particular del sujeto, la prevención referida a la salud mental vendría facilitada por la apertura a lo subjetivo en un mundo donde las respuestas inmediatas que se prometen reducen al sujeto al callejón sin salida de la queja-exigencia y la reivindicación.

Juan Fernández Alvarado

Psicólogo Clínico. CMS Centro. Madrid Salud