Adicciones sin drogas (I)

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Adicciones sin drogas (I)

El fenómeno de las adicciones es más amplio que la dependencia del alcohol o de otras drogas. La capacidad adictiva del ser humano va más allá de las drogodependencias, abarcando una amplia gama de conductas y de “objetos adictivos”, si bien es cierto que la adicción al alcohol y a otras drogas han sido y continúan siendo la principal preocupación en este campo y a la que más esfuerzos se le han dedicado en las últimas décadas.

En los últimos años, el concepto de adicción, entendido como un fenómeno amplio que abarca una multiplicidad de conductas, se ha ido extendiendo en Europa y en el mundo, proporcionando algunas ventajas para la comprensión de esta compleja realidad. A pesar de que esta visión amplia del fenómeno ha tenido y continúa teniendo sus detractores, cada vez se cuestiona menos la necesidad de englobar en un término (“adicción”), realidades tan diversas como el tabaquismo, el alcoholismo y otras toxicomanías, la ludopatía, algunos tipos de trastornos alimentarios, las compras o las conductas sexuales compulsivas, las relaciones sociales alienantes o las distintas formas de dependencia de Internet y nuevas tecnologías, entre otras.

Las adicciones sin drogas, conocidas también por otros nombres como adicciones no químicas, adicciones sociales, de conducta, socioadicciones, adicciones psicológicas, etc, ocupan un espacio cada vez mayor, tanto en el interés de los técnicos y expertos en adicciones, como en el discurso social y de los medios de comunicación. Debido a que estamos hablando de un campo muy amplio y complejo, cuyos límites no están del todo claros, y debido también a que se trata de un fenómeno aún poco conocido en cuanto a su extensión y su gravedad, no resulta fácil su definición en la actualidad. No obstante, y dado que cada vez mas personas y familias se preguntan acerca de este tema, así como acerca de los modos en que pueden actuar de cara a su prevención, es posible apuntar algunas consideraciones, que faciliten su comprensión, así como las forma adecuadas de afrontarlo y de buscar posibles soluciones.

¿Qué es una conducta adictiva?

Los términos “adictivo” o “adictiva” son hoy día muy utilizados en el lenguaje común, sin que en muchos casos reflejen su verdadero significado. Así, decimos por ejemplo que somos adictos al cine, al fútbol, a los helados, a la ópera… etc., para expresar que nos gusta o que disfrutamos mucho realizando dichas actividades o tomando determinados alimentos. Sin embargo, para que una conducta pueda ser considerada adictiva, deben darse otras circunstancias que hora veremos. Es verdad que muchas conductas y muchos objetos de deseo o de satisfacción pueden convertirse en adictivos, pero para que eso suceda tienen que intervenir múltiples factores y, desde luego, va a depender del uso que hagamos de ellas, del modo en que las vamos a utilizar.

Podemos decir que una conducta o actividad se convierte en adictiva cuando la persona pierde el control sobre la misma, cuando deja de poder decidir libremente acerca del uso que hace de la actividad de que se trate, cuando es la propia conducta o el propio “objeto de deseo” el que toma el control sobre la persona, privando a ésta de la capacidad de decidir acerca, por ejemplo, del tiempo que le dedica, del dinero que se gasta en ello o de la cantidad de otras posibles cosas que abandona para poder dedicar más tiempo y atención a la conducta adictiva.

Podríamos, por lo tanto, hablar de adicción a partir del momento en que una conducta se manifiesta de un modo preponderante en la vida de una persona, impidiendo a ésta decidir libremente y convirtiéndose en el eje central de su vida, en aquello que confiere incluso una identidad a esa persona. Así, una persona adicta, por ejemplo a los juegos de azar, puede percibirse como un ludópata o una ludópata antes que como un padre o una madre de familia, confiriéndole el hecho de jugar de forma patológica una identidad “prestada”, que contribuye a mantener el hábito.

Generalmente, cuando se establece un problema de adicción, el trastorno puede prolongarse en el tiempo, provocando cambios en las personas que lo padecen, cambios emocionales, cambios en los hábitos y en las rutinas de la vida diaria, cambios físicos, etc., que persisten mientras se mantiene la conducta adictiva.

¿Cómo podemos detectar un problema de adicción?

Las características de este tipo de trastornos hacen que muchas veces la persona afectada no sea consciente de que tiene un problema, sobre todo si la conducta objeto de adicción es una conducta aceptada o, incluso, muy valorada socialmente. Es el caso, por ejemplo, de personas adictas al trabajo, al deporte o a otras actividades, que gozan de un prestigio social. Dedicar tiempo y esfuerzo a este tipo de actividades es, por lo general, algo muy positivo para la gran mayoría de las personas y suele indicar un alto nivel de autocontrol y de estabilidad y equilibrio emocionales.

Ahora bien, cuando alguien convierte en el eje principal de su vida una determinada conducta, ya sea consumir una sustancia, estar con una persona o realizar una determinada actividad, cuando ninguna otra cosa le interesa, cuando pasa todo el tiempo posible dedicado a esa actividad a expensas de las demás facetas importantes de su vida, entonces estamos ya ante un problema de adicción.

Generalmente, son la familia, los amigos o el entorno social cercano los que van a detectar cuando comienza a existir un riesgo o un problema de adicción, al detectar determinados cambios en el estilo de vida de la persona afectada por este problema.

Como elementos orientativos para poder detectar y discriminar entre un uso más o menos racional o normalizado y una adicción podemos tener en cuenta los siguientes:

  • La persona adicta siente un deseo irrefrenable de realizar la conducta objeto de adicción (consumir un producto, conectarse a la red, entrar en contacto con… etc)
  • Una vez iniciada la conducta de que se trate, se produce una sensación de pérdida de control para autolimitarse, para dedicarle un tiempo limitado y previsto de antemano (no puede dejar de hacer lo que está haciendo, a pesar de haberse propuesto inicialmente una limitación)
  • A medida que va pasando el tiempo, suelen aparecer en la vida del adicto consecuencias negativas relacionadas con su adicción (problemas familiares, económicos, laborales, sociales.. etc.), a pesar de los cuales no es capaz de detener la actividad, aunque desee hacerlo.
  • Se produce una progresiva expansión de la conducta adictiva, que pasa a ocupar el lugar más importante de la vida de la persona, desplazando otros intereses y otras actividades, hasta el punto de llegar a descuidar aspectos tan importantes como las obligaciones familiares o laborales e, incluso, los hábitos básicos de cuidado personal, como la alimentación o el sueño. Se trata de una invasión el hábito en todas las facetas de la vida empobreciendo ésta hasta extremos de riesgo para la salud física y psíquica.
  • Este proceso suele ir aparejado, al menos en sus primeras fases, a lo que se denomina “negación del problema”, es decir que el adicto tiene dificultades para reconocer que algo va mal, a pesar de los cambios ocurridos en su vida y a pesar de lo que perciben y le transmiten las personas de su entorno cercano. Al igual que la persona dependiente del alcohol o de otras drogas niega la dependencia de las mismas diciendo “puedo dejarlo cuando quiera”, la persona que presenta una o más conductas adictivas, niega su falta de libertad ante las mismas y se autoengaña, pensando que todo está bajo control.
  • Poco a poco, y a medida que la adicción va ganando terreno en la vida del adicto, se van produciendo otros cambios y circunstancias. La conducta adictiva es al principio una fuente de placer para la persona que la ejercita; sin embargo, con el transcurrir del tiempo se produce un displacer, una sensación de malestar, desasosiego o sufrimiento que solo cede con un nuevo episodio de conducta adictiva (por ejemplo, volviendo a jugar en el caso de un ludópata). De esta forma, el alivio del malestar o del sufrimiento va sustituyendo poco a poco al placer inicial. Podríamos hablar, por lo tanto, de un síndrome de abstinencia que se manifiesta de muchas formas en función del tipo de conducta adictiva y de la intensidad de la adicción.
  • Otro de los cambios y nuevas situaciones que se van produciendo es el hecho de que la persona adicta necesite dedicar un tiempo cada vez mayor a su adicción o de aumentar la intensidad o la frecuencia de la conducta para obtener el efecto deseado, o bien se produce una disminución del efecto placentero de la conducta mantenida con la misma intensidad. Esto es lo que se denomina el efecto de tolerancia

Desarrollo del proceso adictivo

Sea cual sea el problema adictivo de que se trate, la conducta es al principio un deseo de experimentar y de disfrutar de una determinada forma, produciéndose un uso más o menos ocasional de la misma. Por lo general, las personas hacemos un uso de toda una multiplicidad de conductas que nos producen satisfacción, sin que por ello lleguen a constituir nunca un problema de abuso o de dependencia. Sin embargo, cuando concurren una serie de circunstancias o de factores de riesgo, ya sean éstos de tipo individual, familiar, laboral o social, la conducta inicial pasa a ocupar un lugar de mayor peso en la vida de la persona, especialmente cuando proporciona al individuo una forma de escape o de pseudo-solución a problemas personales o sociales de diversa índole. La conducta adictiva puede constituir una huida hacia adelante, una forma de evadir los problemas, más que de afrontarlos. A medida que esto sucede comienza a funcionar un círculo vicioso, en el que los problemas relegados o “tapados” por la conducta adictiva van presentándose con mayor fuerza a un individuo, que cuenta cada vez con menor capacidad para afrontarlos.

En este proceso de constitución de una adicción, podemos diferenciar varias etapas:

Etapa inicial: Se establece un hábito de conducta, en el que se producen episodios de descontrol (por ejemplo la persona dedica mucho más tiempo o medios a dicha conducta de lo que inicialmente se había plateado). Paralelamente, el deseo de realizar dicha conducta ocupa cada vez más el pensamiento y la persona busca la forma de dedicarle más y más tiempo. Como consecuencia de todo ello, se producen cambios importantes en el estilo de vida, que son percibidos por las personas del entorno, ya que se van desvinculando progresivamente de las actividades que anteriormente realizaban o de las personas y relaciones que mantenían (salvo de aquellas con las que participe en la conducta objeto de adicción). Comienzan a aparecer algunos cambios psíquicos como nerviosismo, irritabilidad, cambios de humor, que son percibidos como extraños por el entorno cercano.

Etapa intermedia: Se produce una pérdida de control del sujeto sobre la conducta adictiva, lo que lleva aparejado un aislamiento creciente de su entorno habitual. A pesar de esto, en muchos casos se produce una negación del problema por parte de quien lo sufre, no reconociendo situaciones que evidencian de modo claro que el problema existe. Una de las “salidas” ante esta situación es el aislamiento; el adicto toma una distancia cada vez mayor de las personas de su entorno habitual, con las que, por otra parte, comparte cada vez menos intereses, tratando así de evitar enfrentarse con lo evidente de su conducta problemática. En esta fase suelen aparecer los problemas en otros ámbitos, como el escolar o el laboral, ya que la conducta adictiva impide el adecuado rendimiento en el puesto de trabajo o en el centro académico y suelen producirse ausencias e incumplimientos importantes. En ocasiones, estos problemas son los que dan la voz de alarma y permiten al sujeto o a la familia tomar conciencia clara de la situación de riesgo en la que se encuentran y comenzar a poner soluciones, evitando así que la adicción continúe avanzando.

Etapa avanzada: Cuando no se pone límite a la conducta adictiva a partir de la etapa anterior, la dedicación a la misma se hace intensiva, a veces hasta extremos que ponen en grave riesgo la salud del individuo, ya que el hábito va invadiendo más y más los espacios personales, robando el tiempo más indispensable para las necesidades básicas como comer, asearse, dormir o descansar. Toda otra actividad o necesidad, incluso las fisiológicas básicas, quedan supeditadas a la actividad objeto de adicción, produciéndose abandonos importantes en otras áreas. En esta situación, la capacidad de razonar y cuestionar el objeto de la dependencia por parte del adicto no siempre es posible, a pesar de que en muchos casos intentan sin éxito abandonar la adicción. En esta etapa, muy dolorosa para el adicto, suelen aparecer problemas económicos y de relación graves, motivados por el abandono de sus responsabilidades (educativas, familiares, laborales) y por el intento de ocultar su problema, mintiendo sobre el mismo a las personas más cercanas. La pérdida de autoestima y el sentimiento de culpa suelen acompañar al adicto, constituyendo un nuevo escollo para abandonar la conducta adictiva, que es vivida como el único refugio posible frente a un intenso sufrimiento psíquico. Este “tocar fondo”, como suele describirse a esta etapa, puede suponer el inicio de la salida del problema, en la medida en que, al destruir toda la negación mantenida hasta este momento, permite a la persona reconocerlo en toda su magnitud y pedir o aceptar ayuda.

Tanto para prevenir las adicciones de conducta como para buscar soluciones cuando ya está presentes, es fundamental disponer de una buena información y un asesoramiento adecuado. Desde el Instituto de Adicciones de Madrid Salud se brinda a las familias y a los afectados la información y el asesoramiento que precisen.

En próximos documentos sobre “Adicciones sin drogas”, se ofrecerá más información sobre otros aspectos relacionados con el tem

By | 2018-02-01T11:25:32+00:00 junio 22nd, 2016|Adicciones, Temas de salud, T_Adicciones|0 Comments

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